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QUIQUE GONZALEZ - SALA CORMORAN, VALENCIA - 10/06/2006 Sin palabras. Y sin aliento. Así salía uno de la sala Cormorán alrededor de las doce de la noche, después de dos horas de concierto. Quique González había pasado por ahí acompañado de su banda, arrasando ante un público de linaje y ofreciendo un auténtico espectáculo a la vieja usanza. Quique y la Ray Band ofrecieron un verdadero show, una noche americana en toda regla; gafas de sol, humo de tabaco, alcohol y música. Era el quinto concierto de la gira Desajuste de cuentas. Quique y la Ray Band subían al escenario con puntualidad inglesa, que no americana, y a las 22h ya empezaban a escucharse los primeros acordes de "Kamikazes enamorados". "No hay vía libre, es una trampa genial"… Hacía casi una década que había pisado aquel mismo escenario y, como el que se reencuentra con un amigo tras años de desaparición mutua, el madrileño saludaba con un "¿Cómo está la Roxy?"; a sus 33 años todavía conserva la humildad del que tiene bien presente en la memoria sus inicios. Y así se ganó su primera ovación. "Crece la hierba" y "Caminos estrechos" se dieron la mano en un comienzo sorprendente y representativo a partes iguales. Como indica su nombre, Desajuste de cuentas recoge parte del gran pedazo del pastel discográfico que Quique González apartó de su último disco. Aún así, en el debe del madrileño quedará el haber tocado sólo un tema de su primer LP, 'Personal'.
Allí estaba, ante menos de cien personas, como en casa, haciendo lo que más le gusta y rodeado de colegas. Jamás llenará estadios, ni quiere. Cercano y tan expresivo como le permitía su barba de cinco días y el pelo que luchaba por cegarle el horizonte, Quique y su banda se despacharon a gusto en Valencia. Con una iluminación a su medida, mezcla de oscuridad y rojiza luz de club de striptease, el madrileño encontraba el valor necesario para alzar la cabeza y establecer contacto visual con el público. Armado con una guitarra cuyas cuerdas parecían ser las únicas que resistían a los cambios sobre aquel escenario, un mini-teclado que empleaba a modo de posa-cubatas y un auricular con el que luchó hasta la extenuación, Quique sudó a conciencia su camisa negra. El repertorio se balanceó durante toda la noche, como lo hace en la estantería, entre el folk y el rock heredero directo de blues y swing. Este último tomó cuerpo y espesor cuando Senperena acarició el Hammond y dejó entrever lo que se nos avecinaba: "Superman". A pesar de que para Quique aquel no era todavía el momento ni el lugar, la Ray Band consiguió convencer al sombrío cantante para que se enfundara las gafas de sol y narrara una historia de casualidades, porno casero y cintas de video: la apasionante historia del gran Rocco Sifredi. Preludio idóneo para el sucio superhéroe del madrileño.
No estaba el saxo, pero las cuerdas de la Hoffner de Jacob se convirtieron en viento por un momento. Y si no se puede cerrar esta crónica sin hablar de los perfectos secundarios, uno no puede obviar, más allá de Johnny Jurado (al que la batería le venía pequeña, en todos los sentidos), la figura de Javi Pedreira. Encamisetado de rojo con la serigrafía del mítico Vito Corleone y con la leyenda de "Family", el chaval dio un recital de contención y espíritu rock a la eléctrica. No faltó el trío de rock maldito de 'Pájaros Mojados': "Miss camiseta mojada", "En el backstage" y "Pequeño rock&roll". Especialmente la última, que sin duda crece a marchas forzadas en cada interpretación en vivo, fue a través de la cual uno alcanzaba el orgasmo musical con la inclusión de la intro de la "Paloma" de Calamaro. Sobrenatural. Como lo fue la interpretación de Hotel Los Ángeles, donde Quique ensució su trágica voz para ponerse a la altura de un tema que escupió rock de carretera en todas las direcciones.
Y fue entonces cuando apareció el espontáneo de la noche. Se había paseado como tal por la sala momentos antes y fue en "Vidas cruzadas" donde Xoel López irrumpió en el escenario. "Lo conocí en Buenos Aires, Argentina… queda bien eso de Buenos Aires, Argentina, ¿eh?". Dos gallegos, uno de nacimiento y el otro madrileño en la ciudad del tango arrabalero, de ahí sólo podían salir prodigios. El cantante de Deluxe y ex Elephant Band vivió el tema como si cualquiera de los que estábamos ahí abajo hubiéramos subido al escenario. Y así se ganaron su segunda gran ovación. La mirada cabizbaja del cantante maldito había desaparecido a los poco temas y, en un alarde de osadía, arrancó el bis con un mano a mano al piano de Senperena. Y ahí llegó la tercera gran ovación de la noche. Sólo apta para unos pocos de los que llenaban la Roxy, Quique se sacó de la manga una versión acústica del "Años 80" de Los Piratas que interpretó, al piano con las manos y a la voz con el público. Genial. Y así se cubrieron esos 120 minutos de rock condenado. Quique González se descubrió en aquella sala, su mirada triste y su gesto renqueante se convirtieron en descaro y chulería, eso sí, con un poso de timidez enfermiza que jamás sabrá sacarse de encima. Una noche, en fin, de las que ponen a saltar hasta a los tópicos; inolvidable estampa la del gran Quique cantando con la Ray Band en el escenario, apoyado en un pilar, cerveza en mano y con una compañía a la altura de las circunstancias. texto y fotos por Jorge Salas |